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ARTÍCULO TWIN

Un día cualquiera en la ciudad de Pamplona, año 2050: lo público, lo común y lo cotidiano

Por Patricia De La Osa

Pamplona, 2050. El sol entra despacio por las ventanas de una vivienda que se ventila sola. Ane ya está despierta. No por una alarma, sino porque su cuerpo, a sus ochenta y cuatro años, ha aprendido a dialogar con la luz, y la casa, atenta, responde.

Se viste con calma, mientras el suelo ajusta la temperatura bajo sus pies descalzos. A lo lejos, la ciudad murmura: no hay bocinas, ni frenazos, ni obras desbocadas. Solo el zumbido grave y amable del sistema de movilidad pública deslizándose por calles verdes, donde antes corrían coches y ahora crecen sauces.

Ane sale al encuentro del día. No hay botones que apretar, ni pantallas que consultar. La ruta que tomará está guiada por un sistema que la conoce: sabe que hoy sus rodillas están un poco más lentas, que prefiere sombra a sol, y que le gusta detenerse a mirar la fuente de la plaza del Consejo —una fuente que canta cuando alguien se acerca, afinada según la estación del año.

Camina por una ciudad que no presume. No grita innovación. La encarna. Fachadas cubiertas de vegetación comestible, bancos que devuelven energía al sistema cuando no se usan, muros que absorben partículas y devuelven aromas. Hay lavanda, menta, romero. El aire no solo es limpio. Es amable.

Coastal City for The Ideal City 2040 by Sébastien Plassard

Al llegar al centro vecinal, las puertas se abren sin ceremonia. La arquitectura no impresiona. Acoge. Dentro, el aire es fresco y denso como en un bosque después de la lluvia. Alguien ha abierto las ventanas altas, y las plantas que trepan por las vigas hacen sombra sobre la mesa central, donde se discutirá, hoy, el futuro de un solar olvidado.

Un hueco en medio del Ensanche. Un antiguo aparcamiento soterrado, sobreviviente de otras prioridades. Ha estado cerrado durante décadas. No se vendió. No se explotó. Se sostuvo. En pausa. Como si la ciudad supiera, instintivamente, que algo más digno podía brotar de ahí.

Ane se acomoda en su silla habitual. Le han dicho que se siente en el lugar que prefiera, pero a ella le gusta ese rincón junto a la ventana, donde la luz baila sobre los papeles con cada nube que pasa.

No hay presentación con diapositivas. Hay palabras compartidas. Tres propuestas ciudadanas se han trabajado durante meses y hoy se presentan a quienes habitan el barrio.

Una: convertir el solar en un refugio climático. No un parque, ni una plaza. Un espacio sin programa, lleno de sombra, bancos porosos, vegetación adaptativa y fuentes que solo funcionan cuando alguien se sienta cerca. Un lugar donde no pasa nada y, justamente por eso, todo puede pasar.

Otra: un bosque comestible, gestionado por escuelas, asociaciones y vecinos. Frutales, plantas medicinales, una zona para compostaje y aprendizaje. Abierto siempre. Sin cerraduras ni turnos.

Y la tercera: un centro de reparación y préstamo. No una tienda. Una biblioteca de objetos. Donde pedir prestado lo que solo se necesita una vez. Donde aprender a arreglar lo que aún puede servir. Donde devolverle tiempo útil a las cosas antes de desecharlas.

La sala se silencia. No para votar. Para interactuar.

Frente a cada persona, una esfera de luz tenue flota a la altura del pecho. Es un nodo del gemelo digital de la ciudad, accesible, tangible. Ane extiende la mano y la esfera proyecta en la mesa su visión del futuro según cada opción: la calidad del aire, el flujo de personas, el uso por tramos de edad, la energía recuperada, el descanso generado.

No hay números. Hay formas, colores, líneas.

Los datos ya no son de matemáticos. Son de todos.

Desde el fondo de la sala, una voz suave lanza la duda:

—No estoy en contra. De verdad. Pero… ¿no estamos desaprovechando una oportunidad? ¿Ese espacio no podría tener un uso más estratégico? Un proyecto que coloque a Pamplona en el mapa. Un centro de diseño internacional, un laboratorio urbano, algo que genere retorno…

No hay confrontación. Nadie levanta la voz. Solo hay una pausa. De esas que dejan espacio para que las preguntas crezcan sin miedo.

Ane no responde enseguida. Mira la luz que entra por la rendija del estor y recuerda cuando participar en algo así era solo para quienes hablaban alto o sabían de números. Ahora hay sillas con respaldo adaptable, agua con infusiones de hierbas de los huertos colectivos, y tiempo. Sobre todo, hay tiempo.

Entonces habla.

—Yo no usaré el bosque comestible. Ya no me agacho con facilidad. Ni sabría decir qué es cada planta.

Hace una pausa. De esas que no necesitan justificación.

—Pero me gusta la idea de saber que está ahí. Que mis nietos pueden probar algo que alguien plantó sin esperar nada a cambio. Lo común, aunque no lo uses, también te pertenece.

Nadie aplaude. Nadie interrumpe. La conversación sigue. Fluye. Como las decisiones que se han aprendido a tomar en voz baja.

Solar City for The Ideal City 2040 by Wanjira Kinyua

Al atardecer, Ane vuelve a casa por otra ruta. No porque se haya perdido, sino porque ha aprendido a dejarse llevar por la ciudad. El suelo devuelve parte de su calor al sistema. Las farolas se encienden con una luz que no molesta, que no compite con la luna. Las paredes susurran música suave si detectan soledad. El trayecto es parte del día. No se quiere más corto. 

Al llegar a su portal, se detiene. Mira al cielo. No hay drones. No hay pantallas gigantes. Solo nubes lentas, y aromas familiares que recuerdan que estás en casa, en tu Pamplona.

El solar seguirá esperando. No hay decisión aún. Y eso también está bien.

Porque el progreso, aquí, se gesta entre todos y para todos.

Con reflexión, con datos que ya podemos entender y con preguntas que todavía no sabemos responder del todo.

Con certeza, cuando se gana, y con duda, cuando hace falta.

Se construye entre muchas manos, con tiempo, con memoria, con imaginación.

Ane entra en casa, se quita los zapatos, respira hondo, y mientras se apoya en el marco de la ventana, se queda en silencio. 

Hoy no se resolvió nada. Y sin embargo, algo importante empezó a moverse:

un futuro pensado en común, sostenido por muchas manos, y abierto a lo que todavía no sabemos decir.

En calma, se pregunta: ¿Sabremos imaginar un futuro que no solo avance, sino que también nos pertenezca?


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TwIN es un proyecto del Gobierno de Navarra, con la colaboración del Ayuntamiento de Pamplona. Coordina su ejecución de Tracasa Instrumental. Forma parte del programa RETECH, Fondos Europeos Next Generation.

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